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martes, 6 de julio de 2010

Los caminos del señor son misteriosos : Al alba vencerán

El monje Samael estaba preocupado. Dentro del monasterio el era el
menos aventajado. Los cantos y mantras se le hacían complicados,
nunca encontraba la entonación exacta. El maestro le decía que era por
el karma, que cuando se liberara de el la armonía interna, le permitiría
armonizar en todos los niveles. Era "de un adentro hacia un afuera",
repetía el maestro.
Samael no desistía en sus intentos y yo como buena amiga trataba de
ayudarlo, como podía. En el monasterio no veían con buenos ojos nuestra
amistad. Para ellos yo era una mujer seductora y mundana. No solo por
mis curvas, si no también por mis ideas. A los "iluminados" le molestan
las mujeres inteligentes. Pero Samael disfrutaba de mi compañía y yo de
la suya. Nuestra amistad era sincera y apasionada. Regularmente entrabamos
en acaloradas discusiones sobre filosofía, política y religión. Samael tenia
una mente abierta y lucida y por eso yo lo admiraba profundamente. Aunque
casi siempre disentíamos, siempre encontrábamos la manera de acordar,
al menos de acordar en que no acordábamos.
Samael tenia sus limites, yo lo sabia.
La atracción sexual era innegable. Creo que a veces las discusiones se
acaloraban tanto por que eran una clara sublimación de otras situaciones
que de haberse dado, seguramente hubieran sido muy acaloradas también.
Y aunque yo no creía en el camino que el había elegido, lo respetaba. Por
que era su camino y yo amaba todo lo suyo.
Una noche Samael me propuso salir a tomar algo por ahí, me llamo la
atención, por que yo sabia que no les permitían salir de noche, pero
preferí creer que había sido algún tipo de excepción y no vacile en aceptar.
(Sabiendo muy en el fondo que estaba trasgrediendo las reglas del monasterio).
Cuando llego al barcito de la calle San Luis, estaba claramente agitado y con
un semblante entre contento y asustado, como si acabara de descubrir algo
que nadie mas sabia. Tenia el entusiasmo propio de los hombres que
parecen
vislumbrar por primera vez su destino. Cuando se sentó
frente a mi en la mesita que da a la ventana me miro fijo y me dijo: "Mao,
encontré lo que tanto buscaba". Yo me quede helada por un momento y le
respondí con miedo de decir una tremenda boludez: "¿Encontraste el
Nirvana?". El me miro, se sonrió y me dijo: "Mejor que eso, Mao", luego
de esbozada esta frase se levanto tempestivamente de su puf y se abalanzo
sobre mi, apoyo delicadamente pero con certeza su cabeza sobre mi pecho,
me abrazo muy fuerte y me dijo: "Tu escote me da paz. Era tu pecho el
camino que yo tanto buscaba".
Esa noche Samael no volvió al monasterio...

Y yo nunca más volví a ser mundana.



"¡Nadie duerma! ¡Nadie duerma!
        Tampoco tú, oh Princesa,
        en tu frío cuarto
        miras las estrellas
        que tiemblan de amor y de esperanza...
        ¡Pero mi misterio está encerrado en mí,
        mi nombre nadie sabrá!
        sólo cuando la luz brille"...

(Nessun Dorma, Turandot, Puccini)





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